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Pensamos que corría agua: Crónica Vigía del Viento

  • Foto del escritor: Corporación Ziruma
    Corporación Ziruma
  • 3 mar
  • 5 min de lectura

Actualizado: 25 jul


La guerra no siempre llega con disparos, a veces se esconde y espera. No hay bandos que distinguir, no hay ejércitos visibles. Solo una conversación que parecía casi cotidiana por allá a finales de los años 90. Pero en ese diálogo se instala algo más grande: la guerra entrando por la puerta de la casa.


En el escenario hay un pueblo, o lo que queda de él:

HOMBRE: Es hora de que aprenda a hacer la guerra.

ANDRÉS: No puedo.

HOMBRE: ¿Y por qué?

ANDRÉS: No le he pedido permiso a mi madre para ir a la guerra.

HOMBRE: No se haga el güevón.

ANDRÉS: Mi madre dice que ninguno de los dos nacimos para la guerra.

HOMBRE: ¿Tiene problemas con el dedo que tira del gatillo?

ANDRÉS: ¿Cuál es? HOMBRE: El dedo índice. ANDRÉS: ¿El que indica?

HOMBRE: A burlarse de su santa madre.

ANDRÉS: Uno no se debe burlar de su santa madre, eso es pecado.

HOMBRE: Deje de hablar tanta mierda, que nos vamos.

ANDRÉS: Entonces voy a empacar muchos zapatos. Me molesta mucho caminar descalzo. No sé por qué las piedras se enamoran de mis pies y los hacen sufrir; suele suceder cuando se ama demasiado.

Lo que se dice entre esos dos hombres no es solo un diálogo: es una herida que se abre despacio, casi sin ruido.

Esta es una obra de teatro escrita por Juan Álvaro Romero, parte de una trilogía de la Corporación Ziruma. Pero, antes de ser teatro, fue realidad.

Vigía del Viento, un pueblo que no aparece en los mapas, pero que se parece demasiado a muchos otros. Allí, la guerra no irrumpe, se filtra; no se impone, se instala. Y, aunque ese territorio pertenece a la escena, su pulso remite a otro lugar, a uno que sí existe, donde a finales de los noventa la violencia también empezó a colarse en lo cotidiano, a tomar asiento en las conversaciones familiares, a dividir casas que antes solo conocían el nombre del afecto.

A finales de los años noventa, el municipio Ituango se convirtió en uno de los escenarios más golpeados por el conflicto armado en el país. La presencia de las FARC-EP y de las


Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) marcó la vida cotidiana de sus habitantes, que quedaron en medio de una disputa por el control del territorio. La zona era un punto estratégico de tránsito porque el Nudo de Paramillo queda allí: la unión de tres cordilleras desde donde se podía desplazar a diferentes lugares.

En Ituango, la guerra no siempre se veía, pero estaba en las ausencias que empezaban a repetirse y en las decisiones que llegaban sin aviso. Entre la presencia de las FARC y las AUC, la cotidianidad se fue llenando de silencios, de límites invisibles, de caminos que ya no podían recorrerse igual.

“Pensamos que corría agua y era sangre derramada”. El 25 de octubre de 1997, en el corregimiento El Aro, aproximadamente 150 hombres de las ACCU, los "Mochacabezas", llegaron al caserío con lista en mano. Durante varios días asesinaron entre 15 y 19

habitantes, torturaron a adultos y niños, violaron mujeres y secuestraron campesinos para que arriaran el ganado que iban robando. Quemaron 42 de las 60 casas del corregimiento. Se llevaron 1.200 reses. Ocasionaron el desplazamiento forzado de 702 habitantes.

Estos verdugos despertaron los atavismos del espanto. Son compatriotas que, embriagados por el exterminio del otro, terminaron hundiendo el puñal incluso en su propia familia.

Los hombres que atravesaron el pueblo traían la guerra encima, como si no hubiera forma de dejarla atrás. Venían de un país que ya cargaba demasiados muertos en el campo, y a su paso fueron dejando más. No gritaban consignas: bastaba su presencia para que el miedo cambiara de lugar, para que las casas empezaran a sentirse ajenas, para que incluso lo más cercano comenzara a mirarse con desconfianza.

La masacre de El Aro dejó imágenes difíciles de borrar: casas reducidas a cenizas, caminos vacíos… Pero resulta difícil concebir que en la sagrada Colombia ocurran semejantes infamias. En este edén de justicia, donde se nos dice que no existen las milicias ni el

paramilitarismo; en este suelo donde los uniformados, atados a un juramento sagrado ante la bandera, serían incapaces de quitarle la vida a quienes juraron proteger. ¿Cómo atreverse a sugerir que hay víctimas sin consuelo, madres escarbando la tierra en busca de sus

desaparecidos, huérfanos sin un pedazo de suelo donde llorar los restos de sus padres? Aquí, la muerte debería andar de vacaciones, aburrida y sin oficio.

Más que un hecho aislado, lo ocurrido en El Aro hizo visible una forma de violencia que se extendía por la región. En Ituango, la guerra no solo se medía en enfrentamientos armados, sino en rupturas silenciosas: familias separadas, vecinos que dejaban de reconocerse.

Tres años después de esa masacre, Juan Álvaro Romero llegaba a Ituango. Llegaba como brigadista del Hospital Psiquiátrico de Antioquia, trabajador social que acompañaba procesos de salud mental en un territorio que todavía sangraba por dentro.

Lo que Juan Álvaro escuchó en esos años no se borra. Tampoco se puede contar directamente: algunas historias son demasiado grandes para el periodismo y demasiada

verdad para la ficción. Entonces hizo lo que hacen los artistas cuando la realidad los desborda: volvió a ella desde otro ángulo.

Esa fractura es la que reaparece, transformada, en la obra. Los dos hermanos que habitan Vigía del Viento, enemigos por haber tomado bandos distintos, condensan una realidad más amplia: la de un conflicto que no siempre se queda en lo público, sino que atraviesa lo íntimo.

La guerra,en ese sentido, no solo ocupa territorios; también redefine los vínculos.

El pueblo que propone la puesta en escena parece vacío, pero no lo está. Está habitado por ausencias. Por lo que se fue. Por lo que ya no volvió.

La obra no reconstruye hechos históricos de manera literal. No necesita hacerlo. En lugar de eso, recoge fragmentos de una experiencia colectiva y los convierte en escena. Así, lo que ocurre en ese pueblo imaginado dialoga con lo que pasó y, en muchos casos, sigue

pasando.


A veces, en medio del ruido de la guerra, lo único que queda es la forma en que se nombra la tierra que se resiste a desaparecer.


¡Oh guerra que ensucias las montañas de mi tierra,

no dejes que aspiren mis hijos tus dolorosas esencias!


Pero incluso en medio de ese intento por nombrar la tierra, algo se quiebra. Porque en

lugares como Ituango la guerra no solo manchó las montañas: se quedó a vivir en las casas, en los recuerdos, en las decisiones que aún pesan. Vigía del Viento no pretende reparar esa herida ni explicarla del todo. Apenas la pone en escena, la deja respirar, la devuelve en forma de diálogo. Y tal vez eso sea suficiente: que dos hombres suban a un escenario a recordar que fueron hermanos antes de ser enemigos. Que un público los vea y reconozca algo propio. Que Vigía del Viento exista, aunque sea por el tiempo que dura la función, como prueba de que lo que la guerra quemó no desapareció del todo: alguien lo guardó. Y ahora lo cuenta, como mucho de los mensajes que Juan Álvaro transmite con sus obras es el llamado al arte a convertirse en “memorias contra el olvido”.



Esta crónica hace parte del proceso de sistematización del comité de intervención social de la Corporación.


Joan Manuel Guarín

Santiago Higuita

James Bartolo

Ana Isabel Arias

Miguel Sarmiento


 
 
 

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